El arte de tomar decisiones

Me levanto por la mañana, despierto de mi letargo y comienza mi destino, lo marcado para mí. Qué fácil sería, ¿verdad? Pensar que la vida se despliega como un camino pretrazado, sin esfuerzo, sin desvíos. Pero no es exactamente así.

La realidad es que el día comienza con una gran responsabilidad, una que a menudo olvidamos: la de vivir plenamente cada momento, entendiendo que todo lo que pensamos, observamos y tomamos acción es decisivo en el resultado final. Si fuéramos conscientes de cuán importante es cada instante presente, que fluye instante tras instante guiando nuestro destino, nuestras vidas tendrían un brillo distinto, una profundidad abismal.

A veces detengo mi mirada en algo que ya había observado en el pasado. Mantengo la atención, poniéndole mi energía y mi tiempo. Pero, sin darme cuenta, pasaron cerca de mí varias cosas nuevas que no pude mirar ni observar. Estaba absorto, atrapado en dedicar toda mi atención a aquello que ya conocía, que no requería esfuerzo para analizarlo, para probarlo. Ni siquiera lo veo en realidad; simplemente lo recuerdo. Le pongo el concepto que creo, o más bien que creía, y lo traigo al presente sin lograr vivir realmente en él.

Me pregunto por qué se me repiten cosas, por qué anhelo eso nuevo que, cuando finalmente lo noto, ya pasó, ya se fue, y nunca volverá.

¿Qué pasaría si a la toma de decisiones le pusiéramos una pizca de arte? Si le diéramos color, sabor, si lo cocináramos a fuego lento y lo convirtiéramos en maestría, en lugar de simplemente recordarlo. La clave estaría en ponerle atención plena a cada instante, con la curiosidad de un niño que no sabe nada y quiere probarlo todo. Pero no sería simplemente eso. Sería impregnar de pasión cada decisión que tomamos, desde la que se observa hasta la que requiere tomar acción. Vivir así transformaría cada día en una obra maestra, un equilibrio perfecto, entre el destino y nuestra propia voluntad.

Sabiendo que nuestro inconsciente toma las decisiones por nosotros, dejando al consciente sin posibilidad de analizar lo que realmente está pasando. Todo es cuestión de ahorro de energía y supervivencia. Así funciona la mente: prefiere ver las cosas desde la memoria, desde lo conocido, en lugar de enfrentarse a la realidad y tener que analizarla en cada instante. Es un mecanismo antiguo, diseñado para protegernos, para hacernos eficientes. Pero esta eficiencia a veces nos encadena al pasado y adelanta el futuro, sin darnos la posibilidad de abrir nuevas puertas y nos aleja del presente.

Sin embargo, hay otra forma de vivir. ¿Y si decidimos parar? Parar de verdad, con intención. Observar con arte, poniendo plena atención, sin juicio, sin recuerdo, tratando de escuchar, ver y observar con los sentidos abiertos. Dándole pasión a cada instante, como si fuera la primera vez que lo experimentamos. Al hacerlo, cada momento se convierte en una oportunidad para descubrir, para vivir de verdad, dándole sentido a cada momento de nuestras vidas.

Lo realmente importante es el camino y no el destino. La huella, la sensación que nos deja cada experiencia que vivimos y que se queda en nuestros recuerdos para siempre. Se que no me llevaré mi cuerpo una vez trascienda, pero si me llevaré todas esas sensaciones, colores, olores y emociones, de cada vez que abría una puerta nueva, a la que le ponía foco e ilusión y sobre todo se, que con mi paso por el mundo, dejaré preciosos recuerdos en aquellas maravillosas personas que, en algún momento conectaron conmigo.

Anterior
Anterior

EL AMOR

Siguiente
Siguiente

Capítulo 21: El Cerebro Humano - Los Instintos que Nos Dominan