Capítulo 12: El peso de las máscaras (El ego, arquitecto del mundo)

Desde el día en que comencé a profundizar en el tema del ego, no he podido dejar de excavar y excavar sin encontrar jamás el fondo. Mis palabras serán, por tanto, incompletas si el objetivo de este capítulo fuera revelar uno de los misterios más profundos de la humanidad. Sin embargo, sí podemos explorar en profundidad el significado del ego y su relevancia en nuestras vidas, tanto como seres individuales como en nuestra existencia colectiva como especie.

Lo que más me maravilla de este concepto, comúnmente asociado a la idea de una "máscara", es su presencia en nuestro lenguaje cotidiano. Estoy seguro de que cualquier persona podría responder a la pregunta: "¿Qué es el ego?". Sin embargo, quedan pendientes cuestiones más relevantes, como: ¿para qué sirve?, ¿cómo gestionarlo?, ¿cómo ponerlo a nuestro favor?, y, sobre todo, ¿cómo hacer que trabaje para nosotros y no nosotros para él? Estas preguntas nos llevan a reflexionar sobre la búsqueda de un estado tan anhelado por el ser humano moderno: la paz. Con la profunda convicción de que, al alcanzarla, encontraremos también la felicidad. Sin profundizar en estos estados, si nos adentramos en las capas más profundas, en la raíz de las cosas, descubriremos que el verdadero foco debería estar en el equilibrio. Solo así podremos acercarnos y soñar con encontrar nuestra paz y, con ella, la felicidad.

Antes de profundizar en el tema, es fundamental no dar por sentado que todos asignan el mismo significado al término "ego". Por ello, estableceré una base común. El ego se refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma, es decir, su sentido de identidad, individualidad o "yo". Este ego se desarrolla a lo largo de los años, absorbiendo aprendizajes culturales, creencias —un tema que merece, en mi opinión, al menos un capítulo propio. En esencia, se convierte en una especie de programación que nos ciega ante aquello que no encaja con nuestras creencias, pero que, sin embargo, está sucediendo. Es como si tuviéramos una linterna: solo podemos describir lo que ilumina, mientras que lo demás permanece en la oscuridad. Si alguien nos preguntara qué hay a nuestro alrededor, solo podríamos responder por lo que hemos logrado enfocar.

Con cada interacción social y cada situación vivida, vamos creando nuestros personajes, una máscara que nos otorga una identidad para encajar en la sociedad. Desde pequeños, aprendemos qué funciona y qué no para ser aceptados. En cada contexto, nos ponemos y quitamos estas máscaras. Por ejemplo, cuando estás con tu pareja, cambias tu forma de actuar, de pensar, e incluso tu tono de voz y lenguaje no verbal, en comparación con un ambiente profesional o con tus amigos de toda la vida. Lo complejo del ego es que se convierte en nuestra identidad en el mundo. Sin identidad, ¿Quiénes somos? Además, esa voz interna exigente, perfeccionista, nunca satisfecha no tiene fin ni límites. Si los tuviera, ya no lo necesitaríamos, y si no lo necesitáramos, no nos identificaríamos con él, lo que supondría su fin. Por eso, el ego nunca dejará de asignarnos tareas. La realidad es que tu identidad está sesgada: probablemente, la forma en que te ves a ti mismo es muy distinta de cómo te perciben los demás y de cómo realmente eres.

El ego es el arquitecto del mundo. Aunque individualista, nos impulsa a mejorar, crecer y crear. No hay nada en este mundo material que no haya sido creado a través del ego. Por ello, aunque gestionarlo y mantenerlo a raya para no trabajar para él sea un desafío, es necesario y puede convertirse en una herramienta poderosa si sabemos utilizarla a nuestro favor. Como expliqué en el Capítulo 21: El cerebro humano - Los instintos que nos dominan, debemos buscar la serotonina, ese químico que nos brinda serenidad. Mantenernos constantemente en el ego nos aleja de ella, ya que lo que nos sostiene en ese estado es la conexión, no el individualismo que es el ego por definición.

Sin embargo, en este mundo material, para quienes aspiran a conseguir algo más que lo básico y facilitar esta faceta de la vida, el ego puede ser nuestro mejor aliado. Tomemos el ejemplo de un cuadro: aunque esté pintado con una técnica impecable, si el artista no es conocido, su valor será menor que el de un artista famoso. Las cosas son lo que la sociedad acuerda que son, no necesariamente lo que valen en sí mismas. No vales para el mundo exterior lo que eres, sino lo que la sociedad determina que vales. Esto puede generar controversia, pues duele no ser valorado por tu esencia natural. Pero, para "venderte", deben querer "comprarte", y esa compra, en la mayoría de los casos, es subjetiva. Como ya mencioné, muchas de nuestras decisiones se toman de manera inconsciente.

La clave está en el equilibrio, y aquí radica el secreto. Cuando salgas al mundo, a esa selva de asfalto, utiliza todos los recursos que has aprendido a lo largo de tu vida para alcanzar tus objetivos materiales. Pero, al cruzar el umbral de tu hogar, deja la máscara en la puerta. Aprende a comunicarte con los tuyos desde tu esencia, abandona el individualismo y la dualidad, y conéctate con la unidad que solo se encuentra en la vibración del amor. Una vez en casa, elementos como un Ferrari o cualquier símbolo de poder que busque la aceptación del mundo carecen de función. En ese momento, en tu hogar, no aportan ningún valor real a ese instante.

Como ves, lo que propongo es lo que he tratado de recalcar en todo momento: usar todas las herramientas que tenemos, valorándolas por igual en su debido momento y situación, para encontrar, como decía Buda, el camino del medio. Este es el camino del equilibrio entre el ser y el ego, donde podemos vivir plenamente en el mundo material sin perder la conexión con nuestra esencia más profunda.

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